«Catfish», la comunidad LGTBQA+ y el lenguaje inclusivo

por T.P M. Paula Jacinto

«Catfish: mentiras en la red», mi serie favorita de MTV, es un programa de televisión estadounidense de telerrealidad, realizado en formato de docudrama, emitido por Music Television y creado por Nev y Ariel Schulman y Max Joseph, en el 2012, después del documental de Nev Schulman del 2010. El programa actualmente lleva siete temporadas y retrata, en cada episodio de 42 minutos, cómo diferentes personas fueron o no engañadas románticamente a través de la internet. Cada temporada consta de capítulos unitarios, de historias separadas, que, de todos modos, comparten un mismo desarrollo. Primero, Nev y Max (quien ahora renunció por proyectos personales y es reemplazado por copresentadores estrellas) reciben un correo electrónico de la persona afectada o de alguien que está preocupada por ella y que quiere descubrir la verdad. En el cuerpo del mensaje, explican hace cuánto tal persona se escribe con tal otra, aunque no se conocen cara a cara, y se brindan detalles del por qué se cree que, desde el otro lado de la computadora, se miente. Ahí es cuando nuestros héroes detectives de la internet, Nev y Max, aceptan el caso, conocen a la «víctima» y analizan las redes sociales y el pasado de le sujete sospechose en cuestión. Su misión es comprobar si hubo robo de identidad, para que le protagoniste del capítulo pueda avanzar con su vida cotidiana. El nudo de cada episodio ocurre con un traspié durante la investigación o con la falta (o manipulación) de los datos brindados, por ejemplo. En el desenlace, en los últimos 15 o 20 minutos del programa, vemos con quién chateó todo este tiempo le protagoniste invitade, qué pasó supuestamente por la mente de le interlocutore y cómo planean continuar la relación.

Hablando de nudos, he aquí el nudo de esta reflexión sociolingüística: hace unos meses, cuando traduje el episodio de Nique y Alice (el 727), por primera vez apareció una persona con rasgos «femeninos» que se identificaba explícitamente como «no binarie» (ni hombre ni mujer). Lo dijo y todo. Era un big deal y todo. Entusiasmada porque, por fin, me iban a dejar usar el inclusivo «con justificativos», le avisé a le cliente qué estaba pasando y cómo iba a redactar la traducción. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando el episodio salió al aire, ni en el caso «más válido» aceptaron el uso del inclusivo (quizá porque la sociedad aún no está lista… hmm… o quizá porque no soy una celebridad con contactos o dueña de una productora que sepa cómo vender «Pose»).

Antes de comenzar con mi análisis y descargue, quiero aclarar a qué nos referimos con «catfish», término aceptado, gracias a este programa, por el diccionario Cambridge (para la gente a quien le importa que las cosas estén aceptadas por un diccionario o manual de uso), que reza: «Catfish (v): to try to trick or attract someone by pretending on social media to be someone different. Example: If a random, attractive person starts talking to you online, you are very likely being catfished» [Engañar o atraer a alguien, por las redes sociales, fingiendo ser otra persona. Ejemplo: si una persona atractiva, de la nada, de repente, te habla en línea, seguramente te estén catfisheando]. Aunque me encantaría subtitular «catfish» como «catfishear», por lo particular y revolucionario del concepto en sí y las implicancias sociales que esto conlleva, le cliente me indica que debo traducir esta acción como «engañar» o «mentir». La etimología de este término inventado por Nev, basándose en un relato de engaños de otra persona y en un bagre (el «catfish» original), se explica en otro capítulo de la serie que no viene al caso ahora. Creado este suspenso, prosigo.

Ahora sí, como traductora legal argentina en lengua inglesa, entrenada para respetar a la todopoderosa RAE desde mis inicios en mi querida UNLP, y la traductora audiovisual que traduce los subtítulos de «Catfish» desde la tercera temporada para MTV hasta la actualidad, en esta breve reflexión, no pretendo echar culpas a la cadena de Latino América por las decisiones léxicas finales que se tomaron y que se ven influenciadas por algo mucho mayor (no pretendo atentar contra mi trabajo tampoco, claro, porque, además, estoy orgullosa de que me encarguen esta serie a mí y que no caiga en manos de un negligente que no se preocupa por investigar sobre cuestiones cuir y que escribe lo primero que se le viene a la mente, como veo en algunas traducciones de «Rupaul»). Mi meta es lograr un cambio mínimo, que la cadena de televisión se tome el tiempo de ver por qué la traducción pesa y que entiendan que el lenguaje inclusivo importa, que no es un capricho. Mi propósito es que todes reflexionemos sobre cómo estamos avanzando como sociedad en temas de género e identidad, ahora, 2019; algo que se ve reflejado en este programa también, donde (por lo que observo hace ya seis años), hay cada vez más episodios relacionados con la comunidad LGTBQA+. Hay cada vez más capítulos donde las personas que roban identidades y engañan a quienes les gustan lo hacen a modo de salir del clóset de una forma más «sencilla» y paulatina. Incluso hay episodios donde gente trans «engaña/le miente» a su amor («catfishes» him/her) para transicionar digitalmente primero y animarse a expresar cómo viven su verdadera identidad. Ser une catfish, en ciertos casos, es intentar sobrellevar los conflictos internos y llegar a un estado de Orgullo digno de ser expresado. Catfishear sería una especie de terapia previa que nos prepara para el devenir. «Catfish» ha ayudado a varias personas a aceptarse y salir del clóset en cámara. Les catfishes, al final, suelen admitir que la persona digital que crearon, la máscara, la fachada, les ayudaba a sentirse más segures y ver cuán receptiva era la persona amada. Aunque Nev y Max no aprueban el engaño por ningún motivo, y aunque estas mentiras de temáticas gay y cuir no sean maliciosas, en términos generales, ellos llaman a la reflexión para visibilizar temas de transexualidad, fluidez de género, homosexualidad, bisexualidad y feminismo cuando pueden: algo no menor y algo que tenemos que respetar y traducir para las minorías y para generar una sociedad más tolerante. Como traductora audiovisual bisexual, soy altamente consciente de los estigmas que se debaten en esta serie, de cómo debería tratarse el texto fuente en un mundo ideal y me duele ver cómo lo emiten en pantalla. Aunque sé que el lenguaje inclusivo «recién nace» y que nos costará que sea aceptado en ciertas traducciones populares (ni hablar de las legales) porque la RAE sigue dominándonos y la sociedad opinóloga, de repente, es gramaticalmente moralista, supercorrecta y rechaza cualquier cambio de inmediato por miedo a lo desconocido, lo otro, the otherness, por incomodidad, o porque cree que se la está obligando a ser o comportarse de cierta forma, espero que reflexionemos sobre la necesidad de usar el lenguaje inclusivo y de ir introduciéndolo en ciertos programas de contenido gay al menos (ya que, de lo contrario, estaríamos realizando una traducción mala y negligente). Tenemos que adaptarnos a los cambios y representarlos porque, justamente, acá hay una lucha que quiere ser visible y la estaríamos invisibilizando.  

La lengua es un fenómeno social, una forma de relacionarnos con una comunidad con la que establecemos convenciones respecto a qué significan las palabras y cómo se significa, como dibujamos a le otre. Y el lenguaje inclusivo es, valga la redundancia, inclusivo en esencia, aunque no guste cómo suena porque no estemos acostumbrades. La idea del lenguaje inclusivo es pura y bien intencionada. Este lenguaje incluye a las mujeres y las identidades cuir no binaries que no se sienten representadas por el universal masculino indiscutible que llevábamos arraigado y que privilegia solamente al hombre cis. Los movimientos de liberación de las mujeres surgidos en los 60, anclados en «El segundo sexo», de Simone de Beauvoir, intentan visibilizar desde entonces a las mujeres y la opresión que hemos sufrido a lo largo de la historia. El lenguaje inclusivo es una herramienta de lucha. Si a esto le sumamos las nuevas discriminaciones de género que se observan hoy día y hablamos de la teoría de la performatividad de género de la filósofa Judith Butler, quien cuestiona el sistema binario de sexo-género y analiza sus efectos en términos de poder, no debería resultarnos descabellada la idea de aplicar un lenguaje inclusivo (ya sea con la «e», con la «x», con lo que sea) en el 2019 cuando se habla de alguien no binarie. Como sostiene José del Valle, «la gramática no es producto de una razón autónoma (…) Es la vida social la que ha construido las regularidades del lenguaje, la que las ha elevado a la condición de norma cuando, por medio de distintos mecanismos —libros de gramática, diccionarios, manuales de uso, cánones literarios—, ha generado modelos lingüísticos impregnados de moralidad, asociados a identidades sociales deseables o indeseables (quien habla así es una persona culta, quien habla asá es ignorante, quien pronuncia así es marica, etcétera)».

Como traductora que, en definitiva, no es dueña de su texto, que se lo arrebatan al parirlo, que no controla lo que le hacen después de la entrega, quiero luchar también en contra de nuestra invisibilidad profesional («un buen texto traducido es el que se lee naturalmente, sin trabas, el que no se siente que fue traducido» nos inculcaron; nos adoctrinaron para ser invisibles) en estos casos especialmente, porque considero que afectan a toda una minoría que podría sentirse menos desplazada y marginada al leerse «como se debe» en la pantalla chica, al identificarse aún más con le personaje no binarie, por ejemplo, que sufre una situación parecida a la de le espectadore. La traducción queerfriendly de una batalla contra la heteronorma debería, pues, luchar contra la heteronorma y ser inclusiva. El debate sobre el lenguaje inclusivo no es una nimiedad y no es una «boludez», como suelo oír que dicen a la ligera por la calle, porque básicamente, como afirma el editor cordobés Alejo Carbonell, «el [le] que nomina, domina». Como mujer, cuando hemos sido silenciadas, como traductora, que somos invisibilizadas, y como bisexual, que ha sentido un mínimo de estigma y vergüenza en su vida, quiero resaltar lo que ya sabemos y no debemos olvidar: que no nos deben callar cuando se cometen injusticias (en este caso, sociolinguotraductoriles) y no somos prisioneras de las costumbres impuestas que nos perjudican a todes.   

 
Bibliografía así nomás
Mi cerebro hiperactivo
Butler, “Dispossession: The Performative in the Political”, 2013.
https://dictionary.cambridge.org/es/diccionario/ingles/catfish
https://elgatoylacaja.com.ar/la-lengua-degenerada/
https://glotopolitica.com/2018/08/21/la-politica-de-la-incomodidad/?fbclid=IwAR2v27XC8cbR2XYBodZ2-B5tcNdAV3Z9ZKz4zw4P6ku7cByJ0a_ExFNnGRQ
https://psicologiaymente.com/social/teoria-performativa-genero-judith-butler
https://transeducando.wordpress.com/2015/12/12/binarismo-o-no-binarismo/
https://www.afterellen.com/tv/423295-catfish-the-tv-show-continues-to-tell-same-sex-stories
https://www.afterellen.com/tv/423295-catfish-the-tv-show-continues-to-tell-same-sex-stories
https://www.imdb.com/title/tt9586492/
https://www.outfrontmagazine.com/featured/mtvs-catfish-hosts-promote-queer-relationships/
https://www.pagina12.com.ar/165800-es-una-afrenta-que-agrega-hipocresia?fbclid=IwAR2k6F-iqaFzDgczs9fzW0JGHa2VN5K8wqSZwC8sHqT9NcAefEZrteaZiNk
Venuti, “The Translator’s Invisibility: A History of Translation”, 1995.